domingo, marzo 25, 2007

Botella al Mar
La locura de participar en Concursos Literarios

Todo comienza con la llegada de la Convocatoria a las manos del iniciado. En la parte superior brilla el nombre del concurso acompañado de su versión en letras romanas. Entonces al casi-escritor, por así decirlo, porque aquél que escribe en el anonimato, sin premios, sin publicaciones, sin diarios, sin recorrido, no sabe como llamarse así mismo, se le iluminan las pupilas al leer el máximo premio ofrecido: “La publicación de la obra premiada en tantos ejemplares a cambio de la renunciación de los derechos de autor del ganador”; esta condición es un tanto risible para el convocado, pues con tal que alguien se interese en publicarlo por primera vez, podría incluso ceder la vida. Luego el premio monetario, que viene a ser la segunda tentación en toda Convocatoria sino es la primera en aquellos amantes de la fama y fortuna que sueñan con un pedazo de cielo al lado de García Márquez o con ganarse el premio Nobel, no por su importancia, sino por el millón de dólares.

Ahora los ojos buscan presurosos si el concurso no está limitado por la odiosa condición temática, si así fuera tendrá que escribir un cuento inspirado en los primeros años de Simón Bolívar, un ensayo sobre la nueva tendencia literaria latinoamericana o un poema a los cientos de años de la ilustre ciudad. Ahí es donde las cosas se complican, pues el casi-escritor tiene guardada en su carpeta “Cuentos” una narración que sus amigos le han dicho ser muy buena; claro que casi todos sus amigos no son de mucha lectura y si lo son tienen entres sus libros favoritos alguno que sirva para alcanzar el éxito, la excelencia, el código Da Vinci o la inteligencia emocional.

Pero no importa, piensa el casi-escritor, es una buena oportunidad para probar su capacidad inventiva, un reto que puede ser vencido si se encierra unos cuantos sábados por la noche practicando la manera de poder escribirle, con ínfulas de poeta Rubendaríano, a la eximia ciudad que le vio nacer. Surge entonces el primer problema, su lenguaje no es tan rico, por tanto se verá obligado a buscar un diccionario de sinónimos para darse una manito, pensando para sus adentros si aquello no es una forma de hacer trampa.

Si la Convocatoria, siempre escrita con mayúsculas, no limita la creatividad de sus participantes, entonces el casi-escritor, siempre escrito con minúsculas, brincará de alegría y de emoción, esa alegría solo podrá ser truncada si más adelante en la cláusula “7. DE LA PRESENTACIÓN” no aparece un detalle inoportuno que indique el mínimo de páginas. “¿¡Veinticinco!?”, pensará el casi-escritor, al menos será en Arial 12 y Doble espacio…y no, ellos piden Times New Roman 12 y 1,5 interlineado. Entonces la desilusión arranca otro pedacito a las esperanzas del casi-escritor y vuelve a pensar en su carpeta “Cuentos” y en que a lo mucho llega a 12 páginas con 1,5 interlineado. Por un momento siente que no debería seguir soñando en podios y publicaciones y premios de tantos dólares cuando unos simples detalles de formato son capaces de diezmarle el alma.

Pero vamos, si al de 12 páginas le aumentamos algunas cosas, y si hacemos que el enamorado, porque en todo cuento de iniciados hay enamorados, sufra un poco más y prolongamos la escena del final y deformamos totalmente el cuento todo para que llegue a Veinticinco, Times New Roman 12; 1,5 interlineado., entonces tal vez.

Es un misterio del mundo literario de los casi-escritores que el cuento deformado apenas llegue a Veinticuatro a más no poder, lo que hace surgir la duda estúpida de si es que cuenta la carátula e incluso el casi-escritor se ve tentado a llamar a los organizadores para aclarar el punto, pero no lo hace, no vaya a ser que se den cuenta que el cuento de veinticuatro hojas y una carátula es de él. Este tipo de comportamiento paranoico compulsivo acompañará al casi-escritor durante toda la travesía, como diría un economista, desde la producción hasta la entrega del producto.

Una de las cosas que le preocuparán será el currículum vitae que exigen los organizadores, lo que da al concurso un aire de solicitud de trabajo, y como en toda solicitud de trabajo, el casi-escritor no sabrá si mentir sobre su vida o decirles que salió bachiller de un colegio privado, estudia o estudió una carrera durante seis años, y asistió a unos cursos de motivación por exigencia de un docente. Será mejor no hablar de los lauros colegiales, pues a nadie le importa si lo eligieron mejor compañero de la Promo o no. Este tipo de solicitudes hacen pensar que los organizadores suponen que ninguno de sus concursantes es un Escritor…como dicen “consolidado”, y que les interesa saber en que tipo de actividades frustraron sus sueños. Así y todo el casi-escritor cumplirá con todos los requisitos minuciosamente, desde la impresión clara y legible, la fotocopia del carnet de identidad y los datos personales del participante. En este último detalle se pondrá mucha atención, pues al casi-escritor le acompañará la duda durante el resto del tiempo, intensificándose los días próximos al fallo del jurado, de si puso bien su teléfono y su dirección de correo electrónico.

Una vez con el número de copias listas, el currículum listo, los datos listos, los sobre cerrados herméticamente A y B uno dentro del otro y quizás una copia digital en CD, el casi-escritor se dirigirá a entregar el sobre. Ya sea en su misma ciudad o para enviarse por correo, más tortuoso el segundo que el primero, llegará el momento en que el sobre completo tendrá que abandonar las manos de su dueño.
A este instante, esta cúspide del martirio, este espacio entre uno y el Destino, esta entrega de la vida en manos de otro, puede llamarse “Botella al Mar”; el casi-escritor pone todas sus esperanzas cuál naufrago solitario y perdido en una isla que nadie conoce en las manos de alguien que a sus ojos es tan torpe e irresponsable como el mar. “Por favor, me lo entrega ¿ya?” “No se le olvide pues” “Tiene unos documentos importantes” “No vaya a perderlo” “Gracias” “Disculpe ¿como puedo saber si ha llegado a destino?”. No hay otro momento en que la teoría de la relatividad se aplique mejor, pues como toda “Botella al Mar” tendría el sobre que alejarse de uno y perderse a lo lejos. Pero el sobre sigue allí, cerca del mar, y no se mueve. Para que se aleje, el casi-escritor dará pasos atrás, y verá como a cada paso, la botella se vuelve más pequeña hasta desaparecer en el horizonte, ahora solo queda esperar que alguien entienda el mensaje, y responda.

4 comentarios:

CAPSULA DEL TIEMPO dijo...

Me encantaría leer el cuento con el que te presentaste en el Franz Tamayo. No voy a contar las hojas.

Un abrazo querido casi-escritor.

Estido dijo...

Jajajaja. Muy bueno, viejito, así nomás son los asuntos de los concursos. A propósito, ya que parece que la publicación jamás será realizada, te propongo un intercambio de cuentos franztamayanos, ¿vale? Un abrazo.

Sakura dijo...

Concursos.... muy buena la descripción!!!, debo decir que los de arquitectura no se diferencian por mucho, así que recordé el año en que innocentemente participamos con un compañero... qué pena que esa innocencia se haya perdido!!!

Sin embargo, suerte con tu intento!!!

Saludos =)

Pablo Enrique Osorio Abud dijo...
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