viernes, marzo 14, 2014

Los religiosos, los paganos y el Carnaval.

“Vamos a un corte”, dijeron los animadores de Unitel y no volvieron a transmitir más el  Carnaval de Oruro 2014. Bolivia Tv se mantuvo incólume en su transmisión de la Avenida Cívica hasta que pasara el último grupo de danzarines, fueron los últimos en nombrar la palabra tragedia.
ATB en cambio fue el primero en transmitir la noticia: Se había caído una pasarela sobre los músicos de la Poopó y se tenía la certeza de un muerto, luego serían cuatro, cinco y docenas de heridos.

Conmovidos por el accidente, los periodistas se preguntaban si esto debía continuar, y casi todos, por sentido común decían que no. Trasladaron la pregunta a los representantes de la Iglesia, a las autoridades municipales, a la gobernación, frente a las cámaras todos ellos  balbuceaban que no les correspondía la decisión, al final, el presidente de la ACFO,  dio la orden de que la peregrinación continúe, el dirigente de los músicos hizo lo contrario y pidió al resto de sus colegas retirarse del Carnaval. Ya sea por presiones o por otros motivos, una vez que se retiraron los fierros torcidos y limpiaron la sangre sobre el asfalto, el resto de conjuntos reanudó la fiesta acompañados de sus músicos.

A partir de este momento, se inicia, creo yo, el verdadero Carnaval. No ese que suponíamos únicamente religioso, ese Carnaval que le vendemos a los extranjeros como muestra de pura fé y devoción. Este que vimos después de los muertos es el Carnaval del exceso, del desborde, de la fiesta por sobre todas las cosas, de la muerte y del triunfo de la vida sobre esta, ese Carnaval que no le importa lo que suceda en el mundo porque en si mismo encierra un universo maravilloso, ese Carnaval sin dios y sin pecado. Nos habíamos olvidado que somos sincretismo de lo religioso y pagano, le habíamos borrado lo terrenal, o al menos habíamos decidido mirar a otro lado. El detonante de este suceso no es nuevo, todos los años la fiesta viene con desgracias que suceden, obviamente, detrás de las cámaras, fuera de los ojos del mundo, este año la pasarela se nos caía en vivo y directo y con ella la máscara de nuestro catolicismo dictado por una Iglesia que nos enseña a guardar luto, a respetar la muerte y a pedir perdón, nada de eso sucedía esa noche, o al menos no como se supone que “debiera ser”.  “Yo bailo por la Virgencita” dice la mayoría de los danzarines, la noche del sábado los que siguieron danzando demostraron que no solamente por ella. En Oruro se baila por la alegría, por el derroche, por la ostentación, por la tristeza, por la nostalgia, por el amor, en Oruro se baila por todo y hasta enterramos a nuestros muertos al compás de la morenada. Nos habíamos olvidado de lo maravillosamente humanos y contradictorios que somos.


Si de rescatar nuestra fe se trata yo me quedo con la peregrinación improvisada en el tramo de la muerte, ese ritmo doliente de “A vuestros pies madre” que el resto de conjuntos ejecutó mientras se caminaba sobre la sangre seca, luego, un minuto de silencio y de nuevo los platillos estallando, regresándonos a la vida, que para eso hemos inventado el Carnaval. 

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