martes, abril 29, 2014

De peregrinaciones, dibujos y otros macondianos.
Texto escrito para la presentación del libro “Todos con Al Azar” en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
Por: Pablo E. Osorio A.

El sábado primero de marzo la Banda Intercontinental Poopó hizo su paso por la avenida 6 de agosto. Eran  las cinco de la tarde, acompañaban al Conjunto de la Ferroviaria interpretando la diablada.

En los videos aficionados puede verse a una Poopó que reanuda su marcha después de una pausa, una fila de bombos que se aleja y unos trompetistas rezagados que se dirigen sin darse cuenta a las 5 toneladas de metal que caen como una cortina trágica.

Gritos, desesperación, sangre, caos, apenas unos policías militares tratando de alejar a la gente de la escena, impotentes los músicos van y vienen, se agachan, miran debajo de los escombros, ven a sus compañeros aplastados, lloran, piden auxilio, no hay ambulancias ni equipos de rescate, los heridos son despachados en taxis, a cinco metros mi amigo Clider está atrapado entre los fierros junto a su esposa que recién había regresado de Europa, no pueden moverse, Hilda y Clider tienen la espalda rota, los primeros en acercarse en lugar de ayudar buscan en sus bolsillos para robar sus celulares.

Tenía que ser su último día en Bolivia, los esperaba Perú y luego España. Hoy están en Sucre, todavía recuperándose de ese sábado.

Yo miraba atónito los hechos desde mi casa en Santa Cruz, escuché cómo las autoridades evadían responsabilidades frente a las cámaras sin poder dar una explicación, una orden, un mínimo de cordura que devuelva algo de seguridad a la población.

Lloré cuando la Ferroviaria entró en la Avenida Cívica con el resto de los músicos, parecían sobrevivientes de una guerra marchando al ritmo doliente de a “A vuestros pies madre”, los ángeles sin máscaras, los diablos acongojados, las china supays con sus velos de viudas como signo de mal presagio. Tenían algo de héroes, algo de mártires de otro mundo.

Uno pensaba que alguien iba a declarar duelo  departamental y el final del carnaval, que alguna máxima autoridad diría que por medidas de seguridad esto no iba más. Pero había mucho en juego y nadie se atrevía a poner un punto final.

El padre del realismo mágico decía en su discurso del Premio Nobel que los latinoamericanos somos actores de una realidad desaforada, cito: “Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza […]. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida”.

Así, como si se tratara de uno de los cuentos de García Márquez, se decidió continuar con la peregrinación, la orden venía del presidente de la ACFO, el último en la cadena de mando, el menos competente ante una tragedia de este tipo. Se limpió la sangre con una cisterna, se hicieron a un lado los fierros retorcidos y para que la gente no diga que no tenemos corazón se improvisaron mini romerías en el tramo luctuoso, algunos danzarines, ya no conjuntos, optaron por retirarse, otros peregrinaron durante todo el recorrido, otros solo lo hicieron donde cayó la pasarela previo minuto de silencio y así cada uno de ellos ideó su propio respeto a los muertos y apoyó a su manera la continuidad del Carnaval.

Hago un paréntesis para aclarar que, como orureño y ex miembro de las filas de la diablada, me solidarizo con los que siguieron el Carnaval. El sábado de peregrinación  tiene una connotación religiosa y cultural que sintetiza, por así decirlo, la esencia de nuestra identidad. No existe otro momento más importante para el orureño que esos dos días, no existe otra expresión artística que lo haga sentirse más orgulloso de sus raíces que las danzas y la música que inundan las calles. Son dos días en los que nos jugamos la vida, las calles vuelven a llenarse de extranjeros, la ciudad, con sus hoteles saturados, pareciera otra. Oruro renace como el Fénix que nos representa en nuestro Himno y Escudo de armas. Por esa razón, entiendo en cierta manera, la chispa que provocó el incendio.

Volviendo a los hechos, después del sábado, varios tenían razones para indignarse, y vertir su odio contra las autoridades que prefirieron mirar a un lado antes que perder popularidad. Al día siguiente uno de los suplementos más amarillistas de Oruro exhibía en sus portadas los cuerpos sangrientos y el dolor ajeno en primera plana. Para el lunes por menos de diez pesos uno podía comprar la colección de videos que registraban la muerte en diferentes tiempos y ángulos.

Ningún dirigente minero amenazó con quemar todos los periódicos de “La Patria” ni exigió disculpas a los comerciantes que lucraban con el dolor ajeno, ninguna autoridad se comprometió a dar con los sádicos indolentes que se pusieron a la tarea de buscar en los bolsillos de los heridos, las redes sociales no se calentaron de igual manera para encontrar a los responsables de la tragedia.

Toda esta rabia contenida encontró su cauce en una simple caricatura publicada el día jueves 6 de marzo.

Había que ver entonces a las oficiosas autoridades, que hace unos días guardaban el mayor de los silencios, mandar airosas cartas indignadas al periódico de La Razón,  había que ver a los mineros haciendo gala de sus amenazas de dinamita y fuego, había que leer los grupos orureños del Facebook pidiendo no solo la cabeza de Al Azar, sino hasta la sangre de sus familiares.

“Todos con Al Azar” sirvió para que los artistas se unan en defensa de la libertad de expresión, pero el ejercicio de las re-interpretaciones del dibujo llego a tal punto que los mismos creadores de la página tuvieron que censurar varios de los trabajos enviados. Se cuestionó no solo la continuidad del carnaval, sino el carnaval en sí, como también la moral, los valores y la fe de los orureños.

Entonces las redes se volvieron un infierno, algún creativo propuso abrir “Todos contra Al Azar” y en ella proliferaron los insultos, las amenazas y el escarnio de los que opinaban diferente.

Los niveles de agresión llegaron a tal punto que ambas páginas comenzaron a eliminar comentarios y comentadores. Los argumentos de los ofendidos y de los defensores en muchos casos rayaba en lo ridículo “Por su culpa vamos a perder el título de Patrimonio en la UNESCO”, “Esto es obra de los Paceños que envidian nuestro majestuoso Carnaval”, “Los Orureños son unos hipócritas borrachos”, “En Oruro la gente es una resentida”, “Ahistá, se ha caído el tinglado en ese colegio de La Paz, ahura hagan pues una caricatura de eso”. Fueron algunas de las frases que corrieron como balas en esos días.

Yo mismo  me gané la excomunión de unos de estos grupos facebuqueros cuando me atreví a compartir el poema que Clider había escrito en honor a ese día.

Un simple poema me hizo merecedor del odio de algunas amistades de la infancia y varios adjetivos de entre los cuales rescato: “Desleal y traidor del pueblo orureño”. El poder de Madame poesía, diría mi amigo Oscar Gutiérrez.

El realismo mágico podría terminar aquí, pero luego uno se entera que el Municipio, principal responsable de las muertes y heridos, en un gesto amoroso de desprendimiento decide hacer cuotita entre sus trabajadores y darle de a cinco mil dólares a las familias de los muertos. Y como si el absurdo macondiano no fuera suficiente el mismo Municipio decide mandar a construir un monumento a los caídos en plena avenida Cochabamba.

El dibujo de Al Azar nos sirvió de espejo. En él pudimos ver los regionalismos que todavía pesan en nuestro país. La intolerancia frente a la opinión del otro. Nuestra devoción ciega y los dogmas folklóricos que viven en nosotros. Fue ese reflejo fantástico, que solo el arte puedo hacernos ver, el que nos hirió en lo profundo, esa deformidad de la realidad que puede alimentar cientos de páginas de libros.


Hoy estamos ante uno de ellos.

No hay comentarios.: